Cuento: EL VIEJO DEL CUADRO

Había olvidado que cuando era niña, me daba muchísimo miedo la casa de la abuela de mi mejor amiga. Era una casa muy vieja, con cortinas gruesas, muebles antiguos de madera tallada, veladoras con fotos de sus familiares muertos, repisas con figuras de porcelana, colecciones de estatuillas de santos terroríficas, y todo cubierto por una gruesa capa de polvo.

Con el paso del tiempo, la secundaria y luego la universidad, las cosas cambiaron. La amistad entre nosotras permaneció intacta, pero entre las fiestas con amigos y el campus universitario, no volvimos a ir a la casa de su abuela. Eso solo era en la infancia, cuando pasábamos algunas tardes ahí. Y me daba mucho miedo esa casa.

Recordé mi miedo a esa casa cuando ese día mi amiga me pidió que la acompañara a visitar a su abuela. La señora había enfermado y los familiares se turnaban para acompañarla. No era nada grave, pero no querían que se quedara sola y no había manera de sacarla de su casa para llevarla con uno de sus hijos.

 Mi amiga había terminado con su novio hacía poco, y estaba bastante sentimental, le tocaba pasar ese fin de semana en casa de su abuela para acompañarla y no quería ir sola. La señora pasaba el día tejiendo, viendo televisión y dormitando, mi amiga quería compañía, alguien con quien hablar y desahogar su despecho. Estuve de acuerdo, no tenía nada que hacer y tal vez podríamos recordar la época de infancia.

Fuimos el sábado por la mañana, pensé que la señora ya no se acordaría de mí, pero cuando nos recibió en la puerta de su casa, me reconoció inmediatamente. Me sorprendió que, a pesar de su edad y su enfermedad, tenía una memoria brillante: recordaba hasta lo que me gustaba comer.

Al entrar a la casa, el terror que sentí en mi infancia, cambió por una mezcla de compasión y tristeza: esas cosas viejas que de pequeña me parecían tan terroríficas, solo eran los recuerdos de una pobre mujer que estaba pasando los últimos días de su vida.

La anciana nos condujo a habitación de huéspedes que tenía preparada para nosotras, la que usaban los familiares que pernoctaban allí para acompañarla desde que enfermó. Era una pequeña habitación con dos camas muy bien tendidas, con los edredones tejidos por la tierna abuelita, una mesita de noche antigua entre las dos camas y… un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Lo había olvidado, pero al volverlo a ver recordé por qué le tenía tanto miedo a la casa: ahí estaba el cuadro, ese maldito cuadro.  

Se trataba de un retrato al óleo de un señor con un paisaje de fondo, era espantoso. Al verlo recordé que cuando era niña, podía ver que a veces ese viejo se movía, una vez casi tuve un ataque de pánico porque vi claramente cómo el viejo trataba de salir del cuadro, recordé incluso que yo me refería a él como “el viejo del cuadro” y nadie me creía, ni siquiera mi amiga.

Era extraño, lo había olvidado.

Me chocó un poco tener que pasar la noche en la habitación donde estaba ese cuadro, pero no le comenté nada a mi amiga, ya somos adultas y estábamos ahí para acompañar a la señora, no para tener aventuras con cuadros que se mueven. Además, obviamente lo que yo había visto cuando era niña se trataba de una sugestión, los niños son muy imaginativos.

La cena transcurrió con normalidad, la señora se tomó su medicina, la acompañamos a su cuarto y nos sentamos en la sala un rato a ver televisión.  Mi amiga se quedó dormida en el sofá, intenté despertarla para ir a la habitación, pero solo me dijo: “si ya voy”, y se volvió a acomodar en el sofá para seguir durmiendo. Yo quería ir a dormir, así que la dejé ahí, no hacía frío y podía pasar la noche en el sofá sin problemas.

Entré en la habitación de huéspedes y allí estaba el cuadro espantoso al lado de la puerta. Intenté convencerme a mi misma que era una tontería, solo se trataba de un retrato al óleo antiguo y mal hecho, lo que recordaba de mi infancia era solo producto de mi imaginación… pero el viejo del cuadro estaba ahí mirándome.

Era tan incómodo que decidí cubrirlo con una toalla para cambiarme de ropa, y elegí la cama que estaba mas lejos de ese cuadro. Apagué la luz y traté de dormir, dándole la espalda al maldito cuadro que permanecía cubierto con la toalla. La luz de una farola de la calle entraba por la ventana, decidí dejar las cortinas abiertas para no quedar totalmente a oscuras.

Estaba a punto de quedarme dormida cuando escuché un pequeño ruido seco que me estremeció. Pensé que había sido mi amiga que había entrado a la habitación, pero cuando abrí los ojos no había nadie:  la puerta estaba cerrada, mi amiga no había entrado… y ahí al lado de la puerta estaba el cuadro. La toalla se había caído, seguro ese fue el ruido que escuché.  Pero ¿cómo se cayó esa toalla? Me levanté de un salto, encendí la luz y tomé la toalla del piso.

El cuadro tenía un marco de madera tallada en el que había colgado la toalla, tal vez resbaló, es un marco, no un perchero. Con la toalla en la mano, me quedé observando de cerca el cuadro por unos minutos.

Era un lienzo enmarcado de aproximadamente 70 cm de alto por 1m de ancho. No era un retrato de cuerpo entero, se trataba de un plano medio corto, es decir, solo del pecho hacia arriba. Era extraño porque este tipo de retratos normalmente se hacen con el formato en vertical, al menos así los había visto yo. De fondo, había un paisaje un poco borroso, y eso hacía que la figura del viejo diera la impresión de estar mucho más cerca, porque, aunque era horroroso, el viejo estaba pintado muy nítido y en un estilo hiper realista: tenía una camisa de cuello alto y almidonado, una corbata gruesa color vino tinto. Parecía un hombre de unos 60 años, calvo en la parte superior de la cabeza, con pelo gris y despeinado en los laterales, y una barba mediana. Lo mas chocante era su cara: la boca no se veía, estaba totalmente cubierta por la barba, parecía no tener boca.  La nariz era enorme y respingada: las fosas nasales se veían de frente, como el hocico de un cerdo, y los ojos tenían una expresión extraña: una mezcla de asombro y rabia.

Mi amiga y su abuela son de piel morena, y el viejo del cuadro tenía la piel muy blanca, casi como la de un cadáver, por lo que tal vez no era el retrato de algún familiar de ellas.

Pensaba volver a cubrir el cuadro con la toalla, pero decidí descolgarlo y dejarlo en el suelo, recostado de la pared, y darle la vuelta para no mirarlo. Dejé en cuadro mirando hacia la pared, apagué la luz y me acosté a dormir.

Al día siguiente me desperté, vi que las cortinas estaban cerradas y el cuadro del viejo estaba colgado en su sitio. Mi amiga estaba profundamente dormida en la cama de al lado. Evidentemente, cuando me quedé dormida, en algún momento mi amiga se despertó en el sofá de la sala y fue al cuarto, cerró las cortinas y colgó el cuadro de nuevo.

Mi amiga y yo tenemos bastante confianza, no me preocupó la posibilidad de que se molestara al ver que había descolgado de la pared el cuadro de su abuela, pero pensé que al menos le ha debido parecer extraño y querría alguna explicación.

Luego de un rato, estábamos desayunando las tres en el comedor, mi amiga no dejaba de ver su celular con mala cara, seguro estaba viendo fotos de su exnovio, o releyendo las conversaciones de mensajes.

- “¿Tu colgaste el cuadro anoche cuando entraste en el cuarto?" – le pregunté a mi amiga para distraerla del teléfono.

- “¿Cuál cuadro?” -  Preguntó ella extrañada mientras alejaba la vista del teléfono.

- “jajajajaja ¡Hija! ¿Todavía sigues con eso? Jajajajaja. Cuando eras pequeña inventaste una historia de un señor que vivía en ese cuadro. Siempre pensé que te ibas a dedicar a escribir obras de teatro.” – dijo la abuela mientras mojaba pan en el café.

- “¿En serio te da miedo ese cuadro?, Anoche lo vi en el piso y pensé que se había caído ¿por qué te da tanto miedo un paisaje?”- dijo mi amiga riendo.

- “¡No es el paisaje!, ¡es el viejo!” – le expliqué.

- “¡Claro!, ¡ya me acuerdo!, ¡el viejo del cuadro!, recuerdo que así le decías” – dijo mi amiga con el entusiasmo de quien recuerda viejos tiempos.

Terminamos de desayunar mientras recordábamos anécdotas de la infancia. No quise volver a mencionar el cuadro, me di cuenta que ambas actuaban como si ese espantoso cuadro no tuviera nada de malo, se referían a él como “el cuadro del paisaje”, y no quise recalcar lo horrible que era ese retrato, tal vez eso podría molestar a la señora, tal vez ese señor había sido importante para ella. Además, había logrado animar a mi amiga.

Pasamos el día acompañando a la señora, viendo televisión y conversando. De cuando en cuando, pasaba por el cuarto de huéspedes a buscar alguna de mis cosas y ahí estaba el viejo en el cuadro con su espantosa cara.

Al caer la tarde, ya debíamos irnos, al día siguiente teníamos clases en la universidad y estábamos esperando que llegara un tío de mi amiga a quedarse con la señora. Su tío no tardó en llegar, mi amiga estaba preocupada porque no encontraba el cargador de su celular, yo la ayudé a buscarlo, y cuando iba a la habitación de huéspedes, ella me gritó: “¡Aquí está!, ¡ya lo encontré!”. Quien sabe dónde lo habría dejado.

Decidí echarle un último vistazo al viejo del cuadro, sentí que debía despedirme de él, después de todo, no sabía si volvería a esa casa.

No puedo describí lo que sentí al ver el cuadro: solo era la pintura de un paisaje, el viejo no estaba.

Entendí por que mi amiga y su abuela se referían a ese cuadro como “el paisaje”, entendí por qué la señora me había dicho en la conversación del desayuno: “Cuando eras pequeña inventaste una historia de un señor que vivía en ese cuadro”.

Lo entendí todo: cuando éramos pequeñas, no era que mi amiga no me creía que el viejo del cuadro se movía, era que no me entendía, porque no podía ver al espantoso viejo del cuadro. Nadie podía verlo, solo yo. Y ya no estaba. El maldito viejo no estaba. ¿Será que lo imaginé todo?, ¿será que me estoy volviendo loca?... o será que solo yo podía ver a ese viejo y de alguna manera se salió del cuadro…

Temblando, y muy seria, le dije a mi amiga que nos fuéramos. Ella pasó todo el camino preguntándome qué me pasaba. No quise decirle nada, pensaría que le estoy haciendo una broma o que me estoy volviendo loca.

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